Limones mi papá y yo.
Un árbol de limones no empieza siendo árbol, sino un gesto compartido. Manos que cavan, que se ensucian, que aprenden a medir la profundidad sin saber muy bien cómo. Un padre y una hija inclinados sobre la tierra, unidos por algo simple: plantar y esperar. No hay promesas grandes, solo la idea de que algo crecerá si lo cuidan.
Con el tiempo, el árbol se vuelve más que hojas y frutos. Es un punto fijo en medio de los cambios, un testigo silencioso de tardes, conversaciones y silencios compartidos. Cada limón que aparece lleva algo de ese inicio: paciencia, dedicación, constancia. Y aunque la hija crezca, aunque el padre envejezca, el árbol sigue ahí, sosteniendo ese momento en que ambos coincidieron en algo tan esencial.
No se trata solo de cultivar un árbol, sino de cultivar un vínculo. Porque en cada raíz que se afianza, también queda enterrada una forma de quererse que no necesita explicarse, solo mantenerse viva.
Inicia sesión para dar me gusta y comentar esta publicación.
0 Comentarios
0 Comentarios
Inicia sesión para dar me gusta y comentar esta publicación.
¿Quieres eliminar este comentario?
El comentario se ha eliminado exitosamente.
¿Quieres quitar esta foto?
La foto se ha quitado del comentario.